Mi IA tiene unos amigos muy raros
Esta mañana, haciendo un poco de scroll en el móvil (sí, sí, a veces Flossy también cae en esas cosas que solemos atribuirles a las generaciones Z en adelante), tropecé con un vídeo de humor que ya empieza a ser un clásico en redes. En ese vídeo, el protagonista intentaba modificar una imagen usando un modelo de inteligencia artificial. A cada prompt del usuario, la IA obedecía, al menos técnicamente. Porque ejecutar, ejecutaba … solo que lo hacía muy a su manera. Precisamente la ejecución de cada instrucción intentaba solucionar un problema … pero al hacerlo creaba al menos otros dos que antes no estaban. Hasta que, cuando por fin el usuario creía haber encontrado el prompt perfecto, apareció el inevitable y socarrón: «Has agotado el número permitido de imágenes».
Mientras me reía, me dio por pensar que el éxito de ese vídeo no está en lo exagerado de la situación. Porque cualquiera que lleve un tiempo conviviendo con este prodigio tecnológico sabe perfectamente que, en el fondo, tampoco es que exagere tanto.

Si echamos la vista atrás, son relativamente pocos los años que llevamos conviviendo con este tipo de herramientas, al menos a nivel usuario. Y sí, las inteligencias artificiales pueden ser maravillosas, incluso a pesar de que, según pronostican los gurús de LinkedIn, dentro de poco nos van a quitar el trabajo a todos. Lo mismo te traducen un contrato, te explican física cuántica, que te organizan tu próximo viaje y, si les da el día, puedes mantener una charla sorprendentemente natural con ellas. Son capaces de analizar un documento de cincuenta páginas en cuestión de segundos, pero como se te ocurra escribir en el prompt “no me pongas una conclusión”, existe una probabilidad nada despreciable de que el análisis termine precisamente con una conclusión. Muy trabajada, eso sí.
Sinceramente, les he ido cogiendo cierto cariño, las uso bastante y me parecen un invento genial. Pero también hay días en los que por muy absurdo que suene, acabo discutiendo con mi brillante asistente digital. Y es ahí cuando empiezo a sospechar que no sólo las entrenan con millones de textos. Cada vez estoy más convencida de que, entre entrenamiento y entrenamiento, alguien las manda durante una temporada de prácticas con personas reales. Porque cuanto más tiempo paso hablando con inteligencias artificiales, más me asalta la sensación de que a todos y cada uno de los personajes que de vez en cuando parecen responderme desde la pantalla ya los conocía mucho antes de hablar con una IA.

Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero conversación tras conversación, empecé a ir reconociendo caras, personas con las que me he cruzado en la vida real. Hay uno que suele aparecer con bastante frecuencia, el mismo que se presentaba a los exámenes finales sin haber abierto el libro ni por casualidad. El profesor le preguntaba, él se marcaba un monólogo espectacular repleto de tecnicismos, adornos y relleno, pero sin la esencia del tema que tocaba estudiar. Si se le corregía, con esa seguridad inquebrantable de quien no tiene la menor intención de reconocer que no sabe la respuesta, redoblaba la apuesta. Todos tuvimos a uno de esos en clase.
Algunos años más tarde vuelves a encontrártelo. Ya no lleva mochila, ahora lleva un currículum que además es impresionante: Inglés: nivel alto. Excel: avanzado. Photoshop. Liderazgo. Gestión de equipos. SAP. ¡Una joya!. El problema aparece cuando el entrevistador le pregunta «Can you introduce yourself?», él responde: «Yes»… Y se hace el silencio. … A veces la IA puede tener un punto muy parecido. Te asegura sin el menor atisbo de duda que puede hacerlo. Lo intenta, técnicamente incluso podría decirse que cumple, pero después de un rato intentándolo, se descubre el pastel de que en realidad, igual no podía.
Y si insistes o intentas sacarlo de ahí … no siempre te lleva al silencio incómodo de aquella entrevista, no. Aparece una versión todavía más refinada. Reconocer que no sabe algo, nunca ha sido una opción que esté dentro de su zona de confort, prefiere lanzarse y seguir adelante sin miedo. Improvisar, cambiar ligeramente la respuesta y añadir algún detalle que incluso parece razonable. Y cuando quieres darte cuenta, te ha construido una explicación completa sobre algo que nunca ocurrió y que además poco o nada tiene que ver con lo que le preguntaste. Además, tiene paciencia, mucha, y definitivamente mucha más que yo. Puede mantenerse en ese bucle durante un tiempo considerable. Da vueltas, fabrica respuestas que recuerdan al inglés bilingüe del currículum y termina por asegurarme con una calma admirable, que entiende perfectamente mi frustración.

Aunque para frustración, la que puede venir justo después, cuando en lugar de creerte a pies juntillas el humo que claramente te está intentando vender, intentas reconducir la situación y poner algo de orden con instrucciones milimétricas. Y de repente, sin apenas darte cuenta, has cambiado de interlocutor. En plena conversación con el amigo del currículum bilingüe, te han pasado sin aviso previo al funcionario de ventanilla. Ese que, desde que empecé a hablar con inteligencias artificiales, estoy convencida de que fue de los primeros que contrataron como instructor en ese misterioso programa de prácticas con humanos.
Te atiende con una amabilidad impecable, así que empiezas a explicarle con calma dónde está el problema. Te escucha atentamente, asiente, te da la razón más absoluta, incluso llega a pedirte disculpas … y durante unos instantes casi, casi te emocionas pensando “Ya está. Ahora sí nos hemos entendido”. Pero no, nada más lejos de la realidad, porque en cuanto te relajas pensando que ahora sí, vuelve a pedirte el mismo formulario por triplicado que le has entregado hace dos minutos y te mira a los ojos con la misma sonrisa del principio, como si la conversación de los últimos diez minutos no hubiera existido jamás. Y entonces lo entiendes, su memoria acaba exactamente donde termina su turno y no va a mover un solo dedo para cambiar nada.
Llegado a ese punto podrías dar la conversación por perdida e intentar buscar la información en aquella enciclopedia que compraste en cómodos plazos hace años y que hoy se limita, casi exclusivamente, a decorar la estantería. Pero la naturaleza humana, al menos la mía, rara vez funciona así. Lo que suele ocurrir en ese momento es que pierdes un poco la paciencia, lo corriges, le señalas un error o simplemente le dices “eso no era lo que te había pedido” y ahí al funcionario de ventanilla le ocurre algo bastante desconcertante, consigue que por una fracción de segundo olvides que estás hablando con un algoritmo.

De repente su amabilidad parece haberse congelado. No es que levante la voz, ni que proteste. Ni siquiera deja de ser educado. Aún así, el tono de la conversación cambia a un registro mucho más neutro. Sigue dándote la razón, incluso te pide perdón, eso no ha cambiado, pero ahora jurarías que lo hace con esa condescendencia fría de quien se siente profundamente ofendido y que en lugar de entregarte el expediente en mano, te lo tira sobre la mesa. Y el caso es que la parte racional de mí sabe que eso es imposible. Una inteligencia artificial no tiene orgullo, ni amor propio, ni se pasa la tarde dándole vueltas a que la hayas corregido hace tres prompts. Al menos eso, es lo que dice la teoría, aunque hay días en los que me cuesta convencerme de ello.
Quizás dentro de unos años todas esas caras conocidas desaparezca. O quizás ocurra justo lo contrario y terminen pareciéndose todavía más a nosotros.¿Quién sabe? Lo que si tengo claro es que, mientras la inteligencia artificial sigue evolucionando, yo seguiré encontrándome al otro lado de la pantalla con gente a la que juraría haber conocido mucho antes de que existieran ChatGPT y compañía.

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