Hace nada era lunes
El otro día me quedé mirando fijamente un bote de garbanzos de la despensa y, como quien no quiere la cosa, caí en la cuenta de que ya estamos de lleno en junio. Así, sin aviso previo, el ecuador del año. Pero ¿Qué ha pasado? Si tampoco hace tanto que guardé las cosas de navidad y quité el edredón gordo de la cama hace nada, en cuanto las noches empezaron a volverse más agradables.
Y me pregunto ¿En que momento decidieron las semanas empezar a escurrirse entre los dedos como un puñado de arena?
No estoy hablando de esos periodos en los que estamos especialmente ocupados, no. Tampoco de esas vacaciones que se pasan volando porqué te lo estás pasando bien. Me refiero a semanas normales, corrientes. De esas que no contienen ningún acontecimiento especial y aún así, ya no es que corran, es que se evaporan con una soltura sospechosa.
Hace nada era lunes, o al menos eso juraría yo. Luego, mientras todavía estaba tachando el primer punto de mi lista de tareas pendientes, hubo algunas compras, gestiones, un par de llamadas, algo de limpieza en casa, cosas varias que apunté en la agenda para no olvidar y otras tantas que si olvidé a pesar de tenerlas apuntadas. Y de repente, alguien menciona que ya es viernes, momento en el que te quedas con esa agradable sensación de alivio por el fin de semana que se extiende ante ti y una impresión de que se te acaban de esfumar cinco días en la cara.

Y la verdad, no sé cómo ocurre. Los días, mientras los estoy viviendo, parecen tener una duración normal, razonable, a veces incluso hay algunos que se hacen larguísimos. Pero cuando miro hacia atrás, la semana completa, los meses parecen haberse convertido en una de esas cintas de video que avanzábamos rápido buscando esa escena que tanto nos gustaba.
Lo más curioso de esto es que muchas veces ni siquiera tengo la sensación de haber aprovechado especialmente bien el tiempo. No he conquistado el mundo, no he aprendido a tocar la batería, ni he escrito una novela (de un blog post por semana, ya mejor ni hablemos).
Y entonces me da por pensar si el tiempo no pasará más deprisa conforme vayamos cumpliendo primaveras. Porque cuando eramos pequeños, el tiempo nos parecía un chicle infinito. Un verano duraba una vida entera y un año parecía algo tan inmenso que casi no te cabía en la cabeza.
Daba tiempo a que ocurrieran mil cosas. Había excursiones, cumpleaños, vacaciones, amistades nuevas, asignaturas nuevas y dramas de importancia capital que una semana después ya habían sido sustituidos por otros completamente distintos. Cada poco tiempo ocurría algo por primera vez.
Y ahora que lo pienso, puede ser que precisamente ahí pueda estar la clave.
Quizá no sea que el tiempo corra más, si no que cada vez encuentre menos obstáculos por el camino. Menos primeras veces, menos sorpresas, más semanas idénticas entre sí. Y es que, cuando tienes ocho años, un año es una porción gigantesca de tu vida, pero cuando se nos supone adultos responsables, es un suspiro que apenas ocupa espacio en nuestro mapa vital.

Ahora, cuando caes en la cuenta de que ya es viernes otra vez y miras hacía atrás, te das cuenta de que lo que puede haber pasado es que quizá nuestras semanas ahora simplemente sean más difíciles de distinguir unas de otras cuando las miramos con cierta distancia: Compras, recados, llamadas, lavadoras, correos electrónicos, etc. No es que no hayan pasado cosas durante esa semana que que se nos escurrió entre los dedos, sólo que a veces cuesta distinguir unas semanas de otras.
Además, dicen las malas lenguas, que nuestro cerebro a veces puede ser un vago redomado. Cómo ya se sabe de memoria el camino al trabajo, el olor de nuestro suavizante preferido y el sabor del café de media mañana, decide activar el piloto automático y borra los días porque, total, son idénticos a los de la semana pasada. No deja huella. Y lo que no deja huella, parece que nunca hubiera estado del todo ahí.
Pensándolo bien, quizás mayo no es que se haya pasado tan deprisa. Quizás lo que ha ocurrido es simplemente que me cuesta distinguir el martes 12 del jueves 21 porque ambos han estado llenos exactamente del mismo tipo de pequeñas cosas invisibles.
No tengo ni idea de como se frena esto. Pero, mientras escribo, me asalta la idea de que igual la manera en la que miramos pequeñas cosas que a primera vista parecen “más de lo mismo”, pueda llegar a convertirse en algo más (valga la redundancia). De hecho, si el otro día no me hubiera quedado un rato de más mirando el bote de garbanzos en la despensa, este post probablemente no existiría. Un adulto funcional y responsable simplemente habría cogido el bote, preparado la comida y seguido con su lista de tareas pendientes.
Yo en cambio, me quedé mirando el bote y pensando que cómo era posible que ya estuviéramos en junio, si hace nada y menos que empezamos el año.
Y aquí estamos.
Aunque, visto lo visto, tampoco descarto que llegue septiembre y que de repente me pille a mi misma intentando averiguar dónde demonios se metió junio.


Hola, Flossy, me uno a tu reflexión. Quizá es que avanzamos tan rápido porque vamos pensando en lo que haremos mañana, sin darnos cuenta de que lo que importa es el presente, como cuando éramos niños, solo nos preocupábamos por el ahora, ¿a qué juego en los próximos cinco minutos? Y ya, lo que fuéramos a hacer después daba igual. Tendremos que concentrarnos más en el presente.
Un abrazo. 🤗