Mi sueño funciona, pero no entiende de horarios
Algunas mañanas, antes de empezar a parecer un adulto funcional y responsable, mientras mis manos envuelven con ansia mi taza preferida, llena de esa poción mágica llamada “primer café mañanero” al tiempo que todavía estoy intentando terminar de despegar los párpados, a veces me asalta una teoría. Creo que mi sueño funciona mal. No del todo mal, no. No es una avería grave (al menos eso espero). Más bien es como esos aparatos que funcionan perfectamente … excepto cuando los necesitas. Hay días en los que mi sueño y yo, definitivamente no estamos sincronizados, vivimos en la misma casa, pero en horarios diferentes.
Esa falta de sintonía, creo que no es casual. ¿Cómo si no, se explica ese extraño fenómeno de estar muerta de sueño cuando más despierta y activa debería de estar y viceversa? He empezado a sospechar que mi sueño es, en realidad, un ente con agenda propia y un sentido del humor que a veces puede ser bastante cuestionable. Y como todo buen antagonista, tiene sus guaridas y trampas preferidas. Una de las más peligrosas está justo en medio de mi salón.
Está justo en medio de mi salón y tiene nombre propio: El sofá. Así, a primera vista, parece incluso inofensivo, pero ambos sabemos que no es un simple mueble. Es un agujero negro doméstico diseñado para la sedación selectiva, especialmente a horas en las que cuando aún “no toca”. Y la historia siempre empieza igual, de forma muy inocente. Yo, después de comer, dejándome caer en “mi” esquina de siempre del sofá con un suspiro de alivio. Con la firme intención de descansar sólo un momento mientras veo algo en la tele antes de seguir con la vida. En cuanto me acomodo, mando a distancia en mano y justo cuando empiezo a notar que el cuerpo se relaja un poco, aparece uno de los pequeños secuaces peludos del sofá. Irremediablemente uno de mis mininos termina subiéndose de un salto para dar unas vueltas sobre si mismo hasta encontrar su postura sobre mis piernas, soltando un pequeño suspiro de placer y tras activar su superpoder de ronroneo en modo “vibración analgésica” se queda dormido.

Y en ese momento lo sé, sé que debería levantarme, sé que esto no va a acabar bien y tomo conciencia de que he cometido un error. Lo miro, siento ese peso cálido encima de mi y mi cerebro me lanza sin piedad el primer pensamiento trampa “Pobrecito, míralo cómo está … tan cómodo, confía en mí, si es que no quiero despertarlo ahora … eso sería de ser mala persona” y con un suspiro de resignación añado para mi misma “Bueno, cinco minutos más, que total, tampoco cambian nada” (spoiler: Lo cambian todo). Así que, decido aprovechar esos cinco minutos para relajarme viendo un documental que acabo de descubrir. Pero la combinación del pacto que mi sueño y el sofá han firmado, la respiración pausada del gato dormido y el tono suave de la voz en off hace su magia. Lentamente me voy deslizando desde ver el documental a sólo escucharlo hasta que en algún momento … fundido a negro sin la menor resistencia por mi parte.
Cuando despierto, durante los primeros instantes intento convencerme de que sólo he cerrado los ojos un momento. Un minuto como mucho. Hasta que miro el reloj … y descubro que han pasado dos horas. Dos … horas … y además tengo el bordado del cojín tatuado en la mejilla, estoy mal doblada, con la nuca medio tiesa y preguntándome en que año y planeta estoy. Y es que, ese mismo “sistema operativo” llamado sueño, tan robusto y eficaz en el salón, tiene la curiosa habilidad de volverse frágil y paranoico cuando cae la noche. No siempre … pero lo suficiente. Especialmente en mitad de una noche cualquiera, sin previo aviso.

Y sin previo aviso ocurre. En esa noche cualquiera basta algo mínimo, un cambio de postura, calor, frío, un pensamiento fugaz que decide pasar por allí a saludar y en las ocasiones más desconcertantes, simplemente por que si … porqué mi sueño ha decidido que dormir del tirón sería demasiado fácil, demasiado “normal”. Es entonces cuando cometo ese error fatal de principiante que le da poder a la paranoia. Abro un ojo con cautela, como si así pudiera engañar al sueño y convencerlo de que sigo dormida, pero invariablemente ese ojo acaba fijándose en el reloj.
Las cuatro y algo.
En cuanto el brillo del móvil me confirma que son las cuatro y pico, la paz se acaba. Lo primero que hace mi mente, ya en alerta total, es entrar en modo “gabinete de crisis” iniciando las negociaciones con un terrorista que en realidad no quiere negociar. “Vale, quedan por lo menos un par de horas para que suene el despertador. Si me vuelvo a dormir ya, mañana todavía puedo ser una persona funcional”. Así que, respiro hondo, cierro los ojos, intento relajarme como cuando intento meditar, intento no pensar (spoiler, si alguna vez has intentado “no pensar” en mitad de la noche, sabes que en ese momento precisamente, es imposible). Dos minutos después (o lo que yo creo que son dos minutos) … vuelvo a mirar la hora y ahora. Ya no faltan tantas horas. Y claro, eso tampoco ayuda a volver a conciliar el sueño.
Es la ironía más cruel de esa agenda propia que estoy convencida que tiene mi sueño. Mi cerebro de adulta responsable intenta ayudarme “sin presión” a estar fresca al día siguiente, generándome un nivel de estrés que me mantendría despierta hasta en una sesión de hipnosis. Cuanto más intento forzar la orden de dormirme ya, de no mirar el reloj y de “estar descansada”, más desesperada se vuelve mi lucidez. Es como una espiral que sólo se detiene cuando, por fin, falta menos de media hora para que suene el despertador … y mi sueño decide que, ahora si, es un momento fantástico para volver a entrar en escena.

Podría pensarse que, después de noches así, mi sueño tendría la deferencia de comportarse con algo más de delicadeza cuando realmente da igual. En esos días en los que por fin, tengo un día libre por delante sin ninguna alarma esperando agazapada en la mesilla. Pero … esa es la clave. Mi sueño no tiene un patrón, porque sinceramente sería más fácil convivir con uno. No. Tiene impulsos. Aparece y desaparece de forma completamente aleatoria e imprevisible.
El giro de guion llega en esos días raros y maravillosos en los que no hay despertador programado. Cuando el despertar debería de ser distinto. Más lento, más natural. Y bien mirado, en cierto modo lo es. La noche anterior a esos días, siempre hay un momento de ilusión. Ese instante en el que me meto en la cama pensando que el día siguiente podré dormir sin importar la hora, sin cálculos mentales y sin negociaciones absurdas. Convencida de que dormiré plácidamente sabiendo que no habrá una alarma estridente a deshoras, que puedo dormir a pierna suelta y que no tendré que madrugar.
Y entonces, ocurre. Abro los ojos poco a poco, sin sobresaltos y durante unos segundos todo parece estar en orden … si no fuera por esa leve sensación de que algo no termina de encajar del todo. Miro el reloj todavía medio dormida y por unos momentos juraría que está marcando exactamente la misma hora que en las mañanas de madrugón. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Me quedo mirándolo unos segundos, como si esperara que cambiara por pura cortesía, cierro los ojos, lo vuelvo a mirar … por si acaso. Pero nada, sigue ahí …
¡Tiene narices!
No hay despertador, no hay ruido, no hay ni rastro de esa súplica silenciosa de “sólo cinco minutos más”. Solo está mi sueño que ha decidido que precisamente hoy, es el día perfecto para estar insoportablemente despejado. Antes, cuando me pasaba eso, intentaba volver a dormirme. Cerraba los ojos con determinación, cambiaba de postura, negociaba (otra vez) con mi propio cerebro … todo inútil. Pero últimamente ya no. Ahora, me quedo despierta, acomodada en la cama con un libro en las manos y una infusión en la mesita de noche mientras la casa sigue en silencio y el resto del mundo todavía duerme. No era el plan original, pero tampoco está tan mal si sabemos verle el lado menos malo.

Al final, mi sueño y yo estamos llegando a una especie de acuerdo: Él hace lo que quiere (que lo hace de todas formas) y yo simplemente trato de sobrevivir lo mejor que pueda a sus caprichos. Igual lo que pasa no es que funcione mal (o al menos no mal del todo), si no que simplemente tiene una configuración que yo todavía no he aprendido a manejar. Pensándolo bien, se parece incluso un poco a mis gatos. Aparece cuando quiere, desaparece cuando lo necesito y hace conmigo lo que quiere. Supongo que, visto así, debería haber sospechado algo desde el principio.

