Lo esencial es invisible (pero se nota un montón)
Dice el refranero popular, que es muy sabio, que el diablo está en el detalle. Y no sólo estoy de acuerdo con ese dicho, si no que creo que también el alma está justo ahí, en ese detalle, pequeño en apariencia, pero que puede hacer una diferencia enorme. A menudo cuando intentamos saber cómo son aquellos que nos rodean más allá de lo se percibe al primer vistazo, podría parecer que esperamos algún tipo de gesta heroica de las que salen en las películas con música de fondo épica, que nos lo confirme. Sin embargo, querido lector, esa esencia que cada uno de nosotros llevamos dentro no suele gritar, más bien pasa de puntillas y habla en susurros. Se manifiesta por regla general en lo de todos los días, en las cosas que hacemos sin pensar y precisamente por eso, porqué lo hacemos sin pensar, revela muchísimo sobre lo que cada uno de nosotros llevamos dentro, sobre cómo en nuestros actos pensamos (o no) en los demás, aunque sólo sea por unas milésimas de segundos.
Al fin y al cabo, lo que más define quienes somos no es lo que decimos o hacemos cuando queremos impresionar al mundo, es aquello que mostramos cuando creemos que nadie nos observa. Nuestra esencia se manifiesta en la acumulación de esos detalles que pueden parecer tan minúsculos que fácilmente pasan desapercibidos al ojo distraído, pero que, para bien o para mal, dejan ver quienes somos en realidad. Los micro-gestos, esos que no están en el guion, los que no son obligatorios pero que, precisamente por eso, son los más honestos. La cortesía espontánea, el respeto por el tiempo ajeno, no sólo pedir ayuda si no también ofrecerla o una escucha activa son en realidad ventanas abiertas hacía el carácter de una persona.
Me es prácticamente imposible hablar de esta mirada profunda, sin que se me venga a la mente una de las lecciones más hermosas que nos dio Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Porqué lo que realmente importa no se mide en palabras grandilocuentes ni en grandes hazañas, se mide en esos gestos diminutos que siembran confianza. El Principito no amaba a su rosa porque fuera la más hermosa del universo, de hecho descubrió que había millones iguales a ella. La amaba porque era su rosa, la que había regado, protegido, escuchado y eso era lo que la hacía especial y diferente a todas las demás rosas para él. Al igual que sucede con el Principito y su rosa, no nos ganamos el cariño ajeno con fuegos artificiales deslumbrantes, si no con constancia y con detalles genuinos.

Y quizás pocas cosas revelen mejor esa constancia, o su ausencia, la manera en la que tratamos a quienes creemos que no pueden hacer nada por nosotros ¿Te has fijado alguna vez cómo alguien trata a la persona que le sirve el café? ¿Al cartero? ¿O a la persona que limpia su oficina y a la que quizá ni se ha molestado en preguntarle el nombre? ¿Reconoce su presencia o su mirada los atraviesa como si fueran aire? ¿Les habla en el mismo tono y con la misma cortesía con la que se dirigiría a su jefe? ¿O acaso cambia de registro cómo si hubiera distintos niveles entre su interlocutor de cada momento según el cargo o su utilidad para esa persona?
Pero también puede ser todavía un poco más revelador cómo nos comportamos en los espacios compartidos. Esos espacios en los que no suele haber reglas estrictas, ni testigos, sólo costumbres y la posibilidad de elegir entre “yo” y “nosotros” y en los que es fácil caer en aquello de que “cuando las cosas son de todos, no son de nadie”. En muchos trabajos pequeños, por ejemplo, quien primero se prepara un café suele llenar el hervidor para todos. No es obligación, pero es un gesto, un “pienso en vosotros”. Luego llega alguien nuevo … y cada vez que prepara su bebida, sólo pone el agua justa que necesita para su taza. Nada más, ni nada grave y tampoco es un drama, ni muchísimo menos. Sin embargo ese pequeño “sólo lo mío” dice bastante más de lo que parece.
Al igual que quien usa el último folio de la impresora compartida y se marcha silbando, cómo si los folios se fueran a reponer por arte de magia o quien descubre que el dispensador de jabón de manos está prácticamente vacío … y decide que eso le compete al que venga detrás. Nada de esto sale en tu currículum, nadie te va a felicitar por reponer los azucarillos junto a la cafetera cuando has utilizado el último y nadie te va a despedir por no hacerlo. Y precisamente por eso, esas elecciones también dicen tanto, porqué no las haces para que te vean, si no porqué así eres.

Son esos detalles que parecen insignificantes los que en realidad pueden ser ventanas abiertas hacía el carácter de una persona. Y lo curioso es que estos detalles rara vez se notan de golpe, se van acumulando como polvo fino sobre un mueble. Casi invisible al principio, pero que con el tiempo termina por empañar hasta el brillo más auténtico. Recordar un nombre, preparar la infusión favorita de alguien sin que lo pida o algo tan trivial cómo enviar un mensaje con un enlace y un “vi esto y me acordé de ti” son gestos que nos “domestican” en el sentido más tierno de la palabra, nos pueden vincular y hacernos únicos los unos para los otros. Por el contrario, los descuidos repetidos, como un tono condescendiente, el olvido sistemático de lo que es importante para el otro o las pequeñas omisiones que hiladas dibujan una imagen bastante clara, también hablan. Nos cuentan historias sobre el nivel de atención, el ego o a veces la simple falta de conexión emocional.
Hoy te invito a que, mientras saboreas tu taza de café o das un paseo, prestes atención a esos hilos invisibles, Observa cómo los demás cuidan los detalles contigo, pero, sobre todo, también observa cómo estás cuidando tú los detalles con el mundo. Porqué al final, somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia del alma no es un gran acto, es más bien un hábito que se compone de pequeños gestos y en la manera en la que habitamos los momentos ordinarios.

Descubre más desde A Cup of Flossy
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
