Baja la música, que no veo
Hay un pequeño gesto que nos une a muchos conductores y estoy convencida de que pocos somos totalmente ajenos a él. Y no, no estoy hablando de poner el intermitente cuando vayamos a girar, que ojalá más de nosotros lo hiciéramos cuando debemos para que así los demás conductores no dependan únicamente de su poder de adivinación para anticiparse, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión. Me refiero a algo mucho más trivial, inconsciente … y quizás incluso un poco absurdo a primera vista.
Pongámonos en situación. Vas en el coche, buscando dónde aparcar mientras suena ese temazo que vas cantando a pleno pulmón como si estuvieras en el centro del escenario y de repente aparece “ese” sitio. Un hueco justito, si, pero suficiente entre un coche indudablemente caro y un contenedor de basura que parece estar cuestionándote “¿Seguro que entras aquí?”. ¿Qué es lo primero que haces? ¿Ajustas los retrovisores? ¿Respiras hondo calibrando el espacio del hueco? No, en el instante en el que tu coche se acerca a ese hueco milagrosamente libre junto a la acera, lo primero que haces sin pensar siquiera, es dejar que tu mano derecha se lance instintivamente al control de volumen de la radio para bajar o apagar del todo la música. Como si con ese gesto tu coche se volviera más pequeño y tus ojos más agudos.

Pero entonces ¿Por qué hacemos eso? ¿Acaso AC/DC, Fito o el último podcast sobre mindfulnes son responsables de que nuestra rueda trasera quede a la distancia justa del bordillo? ¿Creemos que el estribillo de Despacito encoge el hueco? ¿O es que nos volvemos ciegos de repente cuando hay música? No tiene lógica, no aparcamos con las orejas (salvo que seamos de esos que siempre aparcan “de oído” y dándole golpes a quien haya tenido la mala suerte de ir a aparcar a su lado).
La explicación científica de este fenómeno querido lector, pues efectivamente hay ciencia detrás de esta “manía” que creemos que sólo nosotros tenemos, es que por muy multitarea que nos creamos la atención es un recurso limitado y nuestro cerebro no procesa bien dos cosas exigentes a la vez. Conducir generalmente es bastante rutinario y en esos momentos la música encaja bien, incluso acompaña. Pero cuando hay que hacer una maniobra que exige precisión, coordinación espacial y cálculo de de distancias como por ejemplo al aparcar, en una incorporación complicada o al dar marcha atrás con poco margen … el cerebro tiene que pasar de piloto automático a modo manual y priorizar.
Aunque a simple vista parezca un sinsentido digno de un monólogo, hay neurociencia detrás de ese “shhhh” y que básicamente se explica con tres razones principales:
El “ancho de banda” de nuestro cerebro: Aparcar no es sólo girar el volante con gesto autosuficiente. Implica hacer un cálculo geométrico en tres dimensiones y tiempo real, en muchas ocasiones mientras estamos siendo observados con mirada crítica por ese vecino con complejo de policía de barrio o el conductor impaciente del coche que va detrás del tuyo y al igual que tú también está buscando hueco para aparcar. Y la música, aunque pueda no lo parezca y esté de fondo, también ocupa espacio. Se procesa, se interpreta, se canta o tararea, se sigue el ritmo de de la batería … Todo eso, consume recursos y nuestro cerebro tiene una capacidad de procesamiento limitada. Al bajar la música, estamos “cerrando pestañas” de nuestro navegador mental, para que toda a potencia se pueda concentrar en el cálculo de la distancia entre nuestro parachoques y el coche de atrás.
La “atención selectiva”: Cuando recibe demasiados estímulos a la vez, es decir cuando hay demasiado “ruido” el cerebro se tiene que esforzar en filtrar qué información, que estimulo es realmente relevante en ese momento y se satura. Así que toma una decisión ejecutiva muy clara y hace lo más práctico posible: Quita lo que no es imprescindible. Eliminar es estímulo auditivo innecesario en ese momento realmente permite que nuestra vista se agudice. Si, aunque suene a chiste, literalmente “vemos mejor” porque no tenemos que esforzarnos en “ignorar” ese estribillo pegadizo que estaba sonando fondo.
El factor estrés y el instinto: El ruido, el estrés, la música aumentan nuestras pulsaciones de forma casi imperceptible y en una maniobra de precisión, el silencio actúa como un bálsamo. Baja el cortisol, nos relaja los hombros y nos permite pensar con claridad. Básicamente, bajamos la música para no entrar en cierto “pánico” si la maniobra por algún motivo se complica más de la cuenta.

En definitiva, bajar el volumen cuando nos enfrentemos a una maniobra algo más compleja, puede considerarse incluso un pequeño ritual de supervivencia. No es que la música nos impida ver en el sentido más estricto de la palabra, es que hay momentos en los que la precisión, el sentido común (y la integridad de nuestra carrocería) pueden depender de esos segundos de silencio casi absoluto.
Al final, da lo mismo cuantos kilómetros llevemos a las espaldas o lo mucho que nos guste nuestra playlist. Cuando el espacio es el el justito, el silencio puede ser el mejor copiloto que podemos tener. Una vez que ya el coche quede perfectamente alineado con el bordillo, ya podemos devolverles la voz a los altavoces, recolocarnos en el asiente y salir al mundo como si esa pelea muda con el volante y ese hueco imposible nunca hubiera ocurrido.
Porqué a veces, para poder ver claro el siguiente paso, lo más inteligente es simplemente bajar un poco el nivel de ruido externo.




Hola, Flossy, pues sí, doy fe, yo también lo hago. Ahora, sobre todo, para oír los pitidos del coche alertándome sobre la colisión inminente con los coches aparcados, algunos de los cuales son horribles y después, cuando sales, ves que quedaba medio metro, como poco.
Bromas aparte, me ha gustado la explicación científica, suponía que era por eso. Lo que espero que me explique la ciencia es cómo callar a mi madre en momentos así, porque la música es fácil bajarla, pero mi madre diciéndome: ahí no cabes, le vas a dar, ¿y por qué aparcas aquí?, ¿y por qué pita tanto este?… Todo esto creo que necesita estudios extra.
Un abrazo. 🤗